La seguridad también se conserva

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Hay una parte de la alimentación que apenas se ve, pero que está presente mucho antes de que el producto llegue al plato: la conservación.

Durante todo el año es importante. Pero en verano adquiere todavía más relevancia.

Las altas temperaturas favorecen el crecimiento de determinados microorganismos y hacen que cualquier error en la manipulación, el almacenamiento o el mantenimiento de los alimentos pueda tener consecuencias.

Y aquí hay una idea importante: un alimento puede parecer perfectamente normal y no ser seguro. El aspecto, el olor o el sabor no siempre permiten detectar una contaminación microbiológica.

Por eso, conservar correctamente no consiste únicamente en mantener las propiedades del producto. También es una cuestión de seguridad.

El frío también forma parte del proceso

En los alimentos que necesitan refrigeración, mantener una temperatura adecuada es fundamental.

La Agencia Española de Seguridad Alimentaria y Nutrición (AESAN) recomienda que el frigorífico se mantenga, de forma general, entre 0 y 5 ºC, evitando además abrir la puerta innecesariamente y procurando no sobrecargarlo para facilitar la circulación del aire.

La llamada cadena de frío empieza mucho antes de llegar a casa.

Transporte, almacenamiento, exposición y conservación posterior forman parte de un mismo recorrido. Si en alguno de esos puntos se rompe una condición necesaria para el producto, aumenta el riesgo.

Y en verano, ese recorrido merece todavía más atención.

El último eslabón también cuenta

La seguridad alimentaria no termina en la industria ni en la distribución.

Una vez que el alimento llega a casa, también hay decisiones que importan: dónde se coloca, cuánto tiempo permanece fuera del frigorífico, cómo se manipula o qué indicaciones aparecen en su envase.

En el caso de los alimentos cocinados que no se consumen inmediatamente, el organismo mencionado con anterioridad, recomienda conservarlos en frío, a un máximo de 5 ºC, o mantenerlos calientes por encima de 60 ºC.

También es importante respetar las instrucciones específicas del fabricante.

La etiqueta indica las condiciones de conservación que necesita cada producto y, una vez abierto un envase, esas condiciones pueden cambiar.

Y las conservas, ¿qué papel juegan?

Aquí conviene hacer una distinción.

Una conserva correctamente procesada y envasada es un alimento estable que, mientras permanece cerrada y el envase esté íntegro, no necesita mantenerse refrigerado, salvo que el propio etiquetado indique lo contrario.

Esto permite conservarla a temperatura ambiente en las condiciones recomendadas por el fabricante.

Pero abrir el envase cambia las reglas. A partir de ese momento, hay que seguir las instrucciones de conservación y consumo que figuren en la etiqueta.

Porque conservar bien no es aplicar una única regla a todo.

Es entender qué necesita cada producto y respetarlo.

La calidad también continúa en casa

La seguridad se trabaja desde la selección de las materias primas hasta los procesos de elaboración, envasado y control.

La distribución y el almacenamiento mantienen ese trabajo en el camino hacia el consumidor.

Y, finalmente, el uso adecuado del producto ayuda a conservar las garantías alcanzadas durante las etapas anteriores.

En verano, cuando el calor aprieta, prestar atención a estos pequeños detalles cobra todavía más sentido.

Porque la calidad de un alimento no depende únicamente de cómo se ha elaborado. También depende de cómo lo cuidamos hasta el momento de consumirlo.

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